El secreto mejor guardado de los gallegos: los Furanchos

galicia_2Por Manolo, un gallego bien gallego /// La primera regla del club del furancho es que no hay club del furancho. Porque lo que hay en el sur de Galicia son casas en donde sobra vino unos meses al año. De paso, ya que estamos, puedes comer lo que allí te ofrecen, o puedes llevarte tú la comida.

Y el vino es joven. Abren hasta que éste se acaba. Ni menú ni refrescos. Bienvenidos al secreto mejor guardado de Galicia.

Los gallegos somos así, resolutivos y apañados. Lo mismo convertimos una bañera rota en bebedero para vacas que cercamos el ganado con un viejo somier. Los furanchos, o también conocidos como loureiros, comenzaron como una salida viable al excedente de cosecha.

Lo vendían en tascas cercanas o en la propia vivienda. Cuando lo abillaban –le metían la abilla, el grifo, al barril- lo anunciaban colgando una hoja de loureiro –laurel- en la puerta de casa. Los vecinos, que conocen la historia desde hace tres siglos, se acercaban a probarlo. Como siempre había alguno que se liaba, pues llevaba algo para picar. Y una cosa llevó a la otra.

Los furanchos solo abren unos meses al año. La veda se abre en diciembre y acaba en junio. Pueden abrir un máximo de tres meses, pero la mayoría acaban el vino que tienen antes de cumplir dos. Por eso es recomendable los meses de marzo y abril, porque el clima acompaña y abren más furanchos. Y la comida es local. Pero local, local.

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Empanada gallega.

Lo mismo te hacen la ensalada con lo que tienen en la huerta de al lado que te fríen unas patatas (tipo Kennebec, ojo al detalle) con unos huevos recogidos esa mañana de sus propias gallinas. Y olvídate de pedir cosas exóticas –como un cóctel- que igual te quedas esperando un rato a que lleguen (spoiler: no insistas, no hay).

Entonces, ¿por qué tanta fama? Por lo singular, rústico –aquí decimos enxebre- y auténtico. Y también porque los precios son muy económicos: las jarras de vino joven no suelen superar los 6 euros y las tapas no llegan a 12, salvo las de marisco (navajas, almejas, ostras o nécoras), a las que no les ponemos pegas porque aquí el marisco es religión y discutir su calidad es blasfemia.

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Algunos te ponen el vino joven servido en cuncas directo del barril nada más sentarte sin haber abierto la boca, la comida es casera, muros de granito y mesas y sillas de madera al calor de una lareira, sin ruidos y en medio de ninguna parte rodeado de verde.

¿Qué hay mejor que eso para una escapada de fin de semana? Algunos tienen tanta demanda que acabaron reformados en restaurantes, otros aprovecharon viejos alpendres y se sacaron la licencia de bar para poder servir todo el año. Lo único complicado es encontrarlos. Hete aquí la cuestión.

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Los furanchos o loureiros se pueden esconder en cualquier sitio

Pese a los intentos por parte de las autoridades locales de llevar un registro, no se sabe bien cuántos furanchos hay. Lo que sí se sabe es que están casi todos en las Rías Baixas, en la provincia de Pontevedra. Desde Vigo hasta la comarca de O Salnés. La mayor concentración está en las comarcas de Cambados, Meis, Meaño y Sanxenxo. Hay que estar atentos a las aglomeraciones de coches que se forman en la puerta de las casas: si tiene una hoja de laurel en la puerta es un furancho.

Otra manera es preguntar a los vecinos por el loureiro más cercano. Suelen ser viviendas con garaje grande y rodeadas de parras. O bien en el gps, ya que algunos vienen identificados. Hay hasta una web (defuranchos.com), llevada a cabo por un grupo de colegas de Vilagarcía, que puede servirte de ayuda. No es oficial y depende de los propios usuarios.

LA MILLA DE ORO DEL FURANCHO

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Pero si quieres ir a tiro fijo, el mejor comienzo es Covas, una parroquia de Meaño. Se concentran una decena de ellos en poco menos de un kilómetro. Algunos siguen siendo furanchos auténticos, otros han optado por convertirse en mesones, pero el alma en muy parecida. Están todos en Aldea de Abaixo, en el cruce de carreteras EP-9302 y EP-9306. Destacamos, sin ningún tipo de orden ni concierto, los siguientes:

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En el furancho A de Juan no es fácil de ver (como muchos otros). Es un portón de madera en medio de una pared ciega (sin ventanas). Si lo encuentras lo que primero choca es la carta. Es un trozo del tamaño de medio folio, plastificado, en el que titula Tapas y las hay "pequeñas" y "grandes". Lo entrecomillo porque para los gallegos el tamaño es relativo –todo es relativo- y las grandes son fuentes, avisado quedas. Los calamares (8 euros) o el clásico pulpo (10 euros) merecen mucho la pena.

El de Ángel (Rustibodega de Ángel) está reformado y tiene un solo salón como cafetería muy acogedor y una terraza espectacular en la que reina un hórreo (también es difícil de ver, es una casa de dos pisos de pared de granito que tiene una puerta grande blanca y un cartel de madera al lado. Destaca por una cocina muy cuidada. Para probar la tortilla y el jamón asado. Y el postre estrella son las cañitas.

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Casa Enrique es de los veteranos y tiene una terraza con unas vistas espectaculares. Los must son los de siempre: tortilla, richada y pulpo.

En A Roda (se distingue por el trozo superior de bocoy en la puerta) ídem. También merece la pena probar los pimientos de Padrón y los calamares, aunque se ganan a la clientela con el pincho que viene con el vino.

El furancho Gardenia es una casa con portón de madera que está al lado de un cruceiro. Ambiente igual de acogedor en un único salón. Mesas de madera y paredes de piedra. Tienen de especialidad el bacalao, cocinado al horno y servido en cazuela de cerámica, y hay que encargarlo.

O Bacelo de Mari es de los últimos en llegar. Un galpón que pertenecía al abuelo Vicente, que era carpintero, y que su nieta decidió continuar. La especialidad son el cordero y el capón (por encargo) que son espectaculares y lo sirven en cantidades pantagruélicas.
Muiño da Conda es ya un restaurante que ha rehabilitado el lugar manteniendo los muros de piedra de granito. Ofrece una carta más extensa y abre todo el año, ideal para aquellos que no puedan acudir en la temporada de furanchos. La tortilla Muiño da Conda es muy recomendable.

Por último pero no por ello menos importante, un poco alejado del centro están otros dos muy recomendables: el Quirófano (lugar de Outeiro), llamado así por el propietario "porque era frecuentado por médicos". Con unas vistas de la ría de Arousa impresionantes, sorprende por el pan de centeno que sirven con la tapa en la terraza con un vino de Barrantes –de ese que te deja la lengua morada-.

Y la parra de la casa de Lar de Outeiro (o furancho de Quintela) es un digno lugar para probar la richada (10 euros). Un plato típico gallego que sirven casi todos los furanchos de Pontevedra que consiste en carne de ternera cortada en trozos pequeños, por lo general en tiras, frita con pimientos y patatas que está de morirse varias veces.
¿Y después? Café de pota, licor café y un paseo por el pueblo. A caminar, que la operación bikini está al caer. Y las vistas bien lo merecen.
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Dario Queirolo 2018
DARÍO QUEIROLO

Darío Queirolo, periodista especializado en viajes y turismo, con vasta trayectoria en la industria turística.
Comenzó a trabajar como agente de viajes en 1977, en Uruguay y los Estados Unidos.
Entre los años 1978 y 1980 fue guía de turismo en New York City y Washington D.C..

Estableció su agencia de viajes, First Class World Tours, en 1980, en la 5ta. Avenida en Manhattan, New York.
Fundó la revista de turismo Infotur en 1983. 

En 1999 comienza su proyecto PASAPORTE, con el lanzamiento de la primera guía bilingüe de turismo Pasaporte Uruguay.
En el año 2005 fundó el periódico digital Pasaporte News.