No es para menos. El resultado de cuatro años de Trump ha sido muy dañino. El actual presidente estadounidense acabó con la política de acercamiento de Obama, atacó las remesas que los exiliados pueden enviar a sus familiares, prohibió los cruceros y los viajes de los estadounidenses (con Obama, EE UU se convirtió en el segundo país emisor de turismo hacia la isla), y terminó con los vuelos directos a 15 provincias del país (excepto La Habana). Además incrementó la persecución contra los bancos que operan con Cuba, contra los buques que transportan petróleo a la isla, puso en vigor la ley Helms-Burton para desincentivar la inversión extranjera y arremetió contra los programas de colaboración médica cubana -que proporcionaban jugosos beneficios-. En fin, asestó un golpe durísimo a una economía ya en crisis por sus propios males.
Según el Ministerio cubano de Relaciones Exteriores, “el bloqueo norteamericano provocó pérdidas de más de 5.000 millones de dólares solo el año pasado”. Eso en un país que ha de hacer milagros cada año para conseguir los 2.000 millones de dólares que necesita para importar alimentos y productos básicos, y donde el turismo, marchando a todo tren, aporta a la economía 3.000 millones de dólares.
“Cuatro años más de Trump serían fatales, mientras que un triunfo de Biden daría oxígeno”, asegura el exdiplomático cubano Carlos Alzugaray. Este es el pensamiento general, pero también hay consenso en una idea que apunta el académico y experto en relaciones Cuba-EE UU Rafael Hernández, director de la revista Temas. “Pase lo que pase el próximo 3 de noviembre, Cuba depende de sí misma y del éxito de las reformas que tiene que hacer, pues el país necesita hacerlas con independencia de quien gane”.
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